Sobre el suburbio de paja se estacionan luceros como enjambres, el ojo blanco ilumina mi puerta, killa impone la inspiración para los poetas de esta ciudad polvorienta y calma. El misterio abraza el lugar, perros trotamundos ahuyentan espíritus, aullando augurios encienden la noche peligrosa, y el acabamiento con expectativa carroñera ve, con el codo sobre la guadaña observa. Las luces de los buques le dan profundidad al horizonte, Aqui la mar enciende una fogata para hablar de sus ahogados. Ayer enterraron al ladrón, por la noche lincharon la casa del Pandillero, envenenaron al gato, la neblina nos atravesó o el vecino habló de más, hasta cuando el policía es criminal mi barrio es mi hogar. Sentado en la arena, húmeda negruzca, se va formando el eterno boceto a los hijos de pachacutec. La luna dice que los dioses no aman. Me regocijo en la indiferencia del universo, mirando la salvación irse como dibujos en la orilla. Hijos de la noche, huérfanos del desierto, alimañas en silencio. k...
Los poetas están malditos pero ven con ojos de ángeles. —Allen Ginsberg