Tres de la mañana y algo. La moto, inclinada a mi lado, abastecida de vicio. Acostumbraba a descansar el cuerpo en la tranquera de mi barrio antes de entrar, fijando la mirada en el mar de Ventanilla, que a estas horas era un descampado negro. No olvido la fecha: era el año 2025, sábado veintiocho de marzo. Boluarte y sus dueños —estos, desde las sombras— nos pisaban la cabeza a todos. El Perú se movía por corrupción, desde Villa El Salvador hasta Las Casuarinas, ya sin tapujos. Pachacútec es caliente por esos meses. La arena lo convertía en un horno artesanal y, en la tranquera de mi calle, la frescura te envolvía todo. Normalmente traía un porro, pero entonces cerveza helada, chelas, Pilsen. Yo fui el típico pelucón de cabello ondeado y desalineado, de anteojos gruesos y grandes, que miraba la vida a través de patrones; heredero de una incontrolable nobleza e ingenuidad por este mundo. Creyente fiel del prójimo, ignorante y huevón. Creí siempre que la bondad era un defecto; más tarde...
Los poetas están malditos pero ven con ojos de ángeles. —Allen Ginsberg