Tres de la mañana y algo. La moto, inclinada a mi lado, abastecida de vicio. Acostumbraba a descansar el cuerpo en la tranquera de mi barrio antes de entrar, fijando la mirada en el mar de Ventanilla, que a estas horas era un descampado negro. No olvido la fecha: era el año 2025, sábado veintiocho de marzo. Boluarte y sus dueños —estos, desde las sombras— nos pisaban la cabeza a todos. El Perú se movía por corrupción, desde Villa El Salvador hasta Las Casuarinas, ya sin tapujos.
Pachacútec es caliente por esos meses. La arena lo convertía en un horno artesanal y, en la tranquera de mi calle, la frescura te envolvía todo. Normalmente traía un porro, pero entonces cerveza helada, chelas, Pilsen. Yo fui el típico pelucón de cabello ondeado y desalineado, de anteojos gruesos y grandes, que miraba la vida a través de patrones; heredero de una incontrolable nobleza e ingenuidad por este mundo. Creyente fiel del prójimo, ignorante y huevón. Creí siempre que la bondad era un defecto; más tarde lo confirmé. Los años me transformaron y rechacé mi luz; a partir de esa dirección, mi universo fue amargo y solitario: me llamé a mí mismo caca.
Mi moto fue una Honda GL 125 de 1980 que reconstruí yo mismo. La recibí en mal estado, caridad de un tío cercano con trato lejano, actuando siempre como no sanguíneo. Regresaba del trabajo. Era independiente. Nunca pude llevar a cabo una rutina disciplinada. Elegía los contratos con horarios nocturnos y, en este minimarket que quedaba en Ventanilla centro, terminé a altas horas de la madrugada. Empecé de noche. Había dormido todo el día. Tenía los horarios hechos trizas. Dormía sin medida o caía en un castigo de vigilia. No comía cuando debía. Cuando los ácidos ya me habían chuceado, a veces me engullía algo, otras veces ni eso. Rugían las tripas. Era rutina dormir sin comer nada. Sin energía, sin ganas, afrontaba mis días y mis noches.
Me tocó instalar un sistema de videovigilancia para un conocido que emprendía su primer negocio. Yo era el único trabajador del lugar, con un permiso especial. Inauguraban en un mes y yo terminaba en dos días mi trabajo. Como era de esperarse, me di todo el tiempo que quise. Cableando, puse uno de esos pódcast baratos que cuentan historias de horror solamente para indignarme. Criticón más que crítico. Disfrutaba de esas porquerías que llamaban alta narrativa y me sentía un éxito como escritor. Es lo que le presumía a todos: que aunque escribía como ansioso, leía poco, abandonaba libros sin piedad y sin vergüenza, a pesar de eso me percibía como un poderoso escritor.
Ebrio o sobrio, traía la mierda rebalsando. Era un wáter. Casi siempre pensando en las ofensas que me hicieron, comiéndome el cerebro de tanto asesinar a personas en mi cabeza. Soy consciente que se transforma hasta mi rostro y me seduce tanto lo que segrega mi forma de hacer daño que pactan a mis espaldas los espíritus desconocidos. Me poseen dormido. Al perder la conciencia por el alcohol o las sustancias, tienen jurisdicción cuando bajo la guardia. Conversan conmigo, amarrado a un pensamiento o cuando ofenden mi cuerpo. Está planeado cada movimiento que dan. Es la guerra eterna entre la luna y el sol. Les apesta algo que desconozco, que nació conmigo y, aunque alejé, todavía me observa.
Pachacútec se veía sucio. Toda su imagen es triste; se parece a un sentimiento de rechazo. Solo tiene a la mar que la salva y a veces este me aplaca a mí en ese panorama precario y querido, llevandome hasta una reflexión, cayendo casi siempre hacia mi mal carácter y mi falta de control; lo intolerante que sé ser y la destreza de alcanzar la irritación de cero a cien. Esa malformación me alejó de personas importantes, pareciendo mi suerte la estrategia de un sádico, pareciendo mi vida una muela picada. Saqué otra cerveza, luego tres más, y más… hasta llegar a la cama y dormirme con un pensamiento de venganza.
En mi inconsciencia escuché un ruido de madera que se resquebrajaba y salí al patio como un zombi, todavía ebrio, hasta el culo. No amanecía. Aquella madrugada el cielo estaba azul. Los vagidos, en casas olvidadas, construían los pronósticos y el aire era veneno. Se enmarcaba el dibujo digno de un pintor sobrenatural.
No puedo recordar el inicio de lo sucedido, solo se que sali al patio y lo demas se elimino de mis recuerdos... al despertar estaba mojado de sangre. Era mucha humedad como para ser solo mía. Sin sorpresa y horror, fui otra vez perro de "Los Dueños". Presencias que están buscando luces que apagar, evitando que se encuentren las estrellas, arruinando faros y puntas de lanza. Pero bajo perspectiva de cambio son millones los que andan: opositores de la gran desviación, desarmando espíritus separatistas, dictaminados, que van malversando a los consagrados, dejando mordida de serpiente.
El cuchillo estaba conmigo. Las luces entraban por las grietas de la casa, rojas y azules. La puerta entreabierta. Mi rostro reventado. El ladrón que entró por el patio, un muchachito, se defendió como pudo. Asumo que los gritos alertaron a los vecinos. Antes que los tombos y los serenos entren, una existencia, un aspecto o una esencia —pero algo— se escondió despacio en mi interior.
Un sereno me levantó del brazo y me subió a la camilla. Desde ahí vi que el ladrón traía desfigurado todo el rostro. La grasa de la cara se le derramaba por entre los cortes. Más de diez efectivos policiales buscaban el resto del cuerpo y fotografiaban símbolos, frases y manchas de sangre. Me duele esa muerte, pero no a hondo. Era un necesitado o un simple inútil. Me arrepiento tanto.
Estaba convencido que Dios no regresaría y lo que busqué por ambición, me encontró.
En mis ojos abiertos, los parpadeos a veces. Frente a mí, un paisaje solitario y frío, rocas feas y grises, pero no miraba nada. Habitaba en el espacio de los pensamientos. ¡Ahí! ¿Qué es el tiempo? Dicen que habían pasado tres años desde mi encierro en Challapalca, Puno, a 4,200 metros sobre el nivel del mar. Cárcel de acceso imposible y la cara más dura del sistema penitenciario peruano. Aquí, por la forma en que lo maté, creo estar bien. Con la tranquilidad de un resignado, espero mi final aislado de los reos de esta prisión. La estancia es fría, pero no me somete. Estoy agradecido en parte. Temo ser títere de mis ventrílocuos.
Camino desnudo sobre el hielo. Huesudo, pequeño y maldito. Los tombos me temen. Nadie vendrá y lo entiendo. Soy más de una perspectiva y entre ellas, un monstruo. He de nacer en otras vidas y de nacer muerto en todas. La luz es mortecina. No hay grillos que acompañen a mis arañas en las esquinas.
Naci viejo; abarqué más allá, sentí y olí más lejos. Curioso e inconforme flui, obediente a mi humanidad, lleno de alegría y preso del conocimiento; vi otras fuentes y verdades que alteraron mi visión y me predisponieron a la inconformidad de existir. Esto me llevó a ellos sin querer yo ir; no es diferente a cuando te atrapa la marea, siendo aún un protegido de Dios, el favorito entre rebaños, los predispuestos al amor. Como él. Como la estrella en la mañana que ahora arde entre azufre y mierda. Como tú.
Eran las 5 p. m. y ya había anochecido. Inusual y perversa tarde. El viento presentía. Un policía rondando se asustó y gritó: «¡Qué son esas sombras!». Corrió pálido y sin conclusiones. Cinco tombitos armados caminaron hacia donde señaló el rondero y me encontraron. Huesudo y pequeño, retorciéndome endemoniado, apestando, morado. Había muerto hace t res días.
Mi descenso ahora es calma y alivio para los que me amaron. Escribo para los míos desde el lugar de los muertos y mi tormento es gritar que el don es del Señor de las Moscas.
Me ha mascado la serpiente, cargo los colmillos en la muñeca, te inyecto la verdad que es la mentira, nací mirando con sus ojos, soy su puente.
Nací muerto.






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