Era negro aquel Septiembre y en la estancia mi llanto sin censura de espanto y rechazo me entregaban al mundo. El clima era triste con el cielo y sin nubes, sencillo sin horizonte ni tiempo. En el firmamento los Serafines no trompeteaban mi llegada, menos aún me recibiría la caravana de Astaroth de los Avernos. A mí me anunciaba la indiferencia, el ruido de la congestión, la lechuza en la ventana, los desubicados ingresando a la sala de parto por error, la pena del otoño y el filudo estridular de los saltamontes a las Once de la noche.
Era septiembre y era trece, mi padre quien sabe en qué callejon exponía e imponia el ego que la juventud nos brinda a todos, tontos jóvenes. Yo crecía y olvidaba, veía y sentía la sombra de la vida que conecta cada milímetro de espacio, consiente o impersonal, la vi en todas partes. Veía el contraste de lo físico y lo indescriptible, entre ellos una armonía sin igual se expresaba omnipresente, así sentía entonces mi corazón inocente, veían así los ojos de mi infancia.
Crecía y olvidaba la perspectiva del alma limpia. Así llegué a la insignificante edad de Veintiocho años herido y soñoliento, asombrado y agradecido con varias almas que sin razón me subieron a su nube y volé hacia lo anormal del mundo donde llueven rosas y el viento canta, saboreé con locura mi intimo encierro acumulando y perdiendo momentos. Una semilla que emerge al son de la oscuridad entre brazas de pecados y humedas penas. Amé hasta las estrellas y me quisieron igual, quizás más allá, tal vez no. Aprecie la soledad enamorándome del silencio luego muriendome en el, reviviendo cada mañana invadido por la euforia lleno de pasión por comerme el mundo a grandes trozos, luego odiando la vida, los libros y los misterios. sujetado por el desgano, malgastaría mi vida en cualquier banalidad sin esencia ni ganancia, entonces así caminé siempre aquí, desde las sombras y al margen.
Aferrándome a un tronco viejo que sostenía mi techo, lo vi, mi rostro paliducho y mi cuerpecito debil no conocía entonces lo sobrenatural. El lugar descendio bajo cero radicalmente, esa helada no se comparaba con nada pues mis harapos no sirvieron, aun así, las moscas volaban locas. No tenía más de Ocho años cuando sentí la presión en el aire y voltee ansioso y curioso. Disfrazado de un gato mirándome desde una casucha vieja en algun cerro de Villa Maria del Triunfo que ya olvidé, te ví.
CARTA AL SEÑOR DE LAS MOSCAS
Ventanilla - callao 17/12/2018
Desterrado señor del verso, dispensa mi torpeza si antes intenté callar tu voz en mi cabeza. Fui causa de fuerza mayor, el amor y sus dolencias. Aquí me confieso y vuelvo a tus ojos que sin pedir siempre pusiste en mí, vuelve a quemar desde el hondo hasta afuera. Traigo rosas, siempre cargo rosas, condéname a tu paraje carmesí, vuelveme. Mi corazón es un cristal, señor, es un cristal.
Te expongo mi dolor ya no para quejarme, si no para impulsarme, inspirarme y darle un sentido productivo a lo que me aqueje, eso mismo señor, lo que siempre quisiste decir y nunca entendí, hasta hoy que te extrañé y te busqué. Muéstrame la tristeza que causan esos dedos que te señalaran hasta el fin de los tiempos, yo entiendo tu corazón como tu entiendes el mío. Silencia mi voz cuando solo hable para enaltecer mis delitos, todos mis textos están muertos, se decir sublimes palabras a otros oídos y para mí severidad y lengua afilada.
Lucero del amanecer que brillas maldito entre gusanos y azufre, pon el beso eterno sobre la incoherencia que llamo vida, como cuando te vi por vez primera.
Mis talentos tuyos, y solo mías las desgracias, ven a merendar la esencia, barre la incertidumbre. Llega profundo y llena mi inmundicia de saber, quien más si no tú señor de las moscas.
Se escapa cada día la realidad, se me va por la ventana, haré algo conmigo aunque el tiempo le reste valor a mis logros y esfuerzos. Hoy me duele el alma y sé que mañana querré comerme el mundo. Al mismo tiempo que deseo desaparecer y con la misma pasión anhelo el abrazo de la vida.
Desterrado señor del verso, dispensa mi torpeza si antes intenté callar tu voz en mi cabeza. Fui causa de fuerza mayor, el amor y sus dolencias. Aquí me confieso y vuelvo a tus ojos que sin pedir siempre pusiste en mí, vuelve a quemar desde el hondo hasta afuera. Traigo rosas, siempre cargo rosas, condéname a tu paraje carmesí, vuelveme. Mi corazón es un cristal, señor, es un cristal.
Te expongo mi dolor ya no para quejarme, si no para impulsarme, inspirarme y darle un sentido productivo a lo que me aqueje, eso mismo señor, lo que siempre quisiste decir y nunca entendí, hasta hoy que te extrañé y te busqué. Muéstrame la tristeza que causan esos dedos que te señalaran hasta el fin de los tiempos, yo entiendo tu corazón como tu entiendes el mío. Silencia mi voz cuando solo hable para enaltecer mis delitos, todos mis textos están muertos, se decir sublimes palabras a otros oídos y para mí severidad y lengua afilada.
Lucero del amanecer que brillas maldito entre gusanos y azufre, pon el beso eterno sobre la incoherencia que llamo vida, como cuando te vi por vez primera.
Mis talentos tuyos, y solo mías las desgracias, ven a merendar la esencia, barre la incertidumbre. Llega profundo y llena mi inmundicia de saber, quien más si no tú señor de las moscas.
Se escapa cada día la realidad, se me va por la ventana, haré algo conmigo aunque el tiempo le reste valor a mis logros y esfuerzos. Hoy me duele el alma y sé que mañana querré comerme el mundo. Al mismo tiempo que deseo desaparecer y con la misma pasión anhelo el abrazo de la vida.
Amo del silencio soy una paradoja patética.


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