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HOJA DE LATA


Los últimos meses que fueron intensas horas de purga en el alma, he leído incontables textos y me he sentido menos, paralizado como muerto ante la pluma perfecta de Valdelomar, perdida en este mundo que nada merece. He visto un largo camino hasta llegar al lugar donde aquel o El poeta de la figura triste contemplan la vida. Vaya atrevimiento el mio, querer siquiera comparar la mediocridad de mis líneas con la selva hostil que forma un solo verso de Vallejo. Estuvo rondando largo tiempo ese pensamiento desgraciado que más tarde transformé en impulso. Fueron instantes de congestión en la reflexión. Lo único verdadero ante tanta basura dicha es que sí anhelo llegar a los niveles insospechados del arte, barriendo mi propias hojas, descubriendo mis propias rosas, nadando en mis pantanos y saliendo victorioso con mi propia espada. Apoyado por el viento que los maestros muertos soplan para mi brújula, avanzo como un gusano hacia el horizonte donde mis alas aguardan. Entonces comprendí que aún comparándome con aquellos y viéndome inútil, pude dejar de hacerlo, ni sintiendo poca cosa mi prosa, ni sabiéndome tonto para la gramática he dejado de decir. Ni la frialdad del encierro robaron la fluidez.
Mírame! existe como sostén de mis conflictos un mar de Azafranes que embellecen un profundo abismo siempre en cuestión, expongo mi horror como cielo y tierra donde mis recursos para el oficio crecen inagotables. Arraigado a mí y como sé exhalar, escribo. Soy agua, símbolos que define la estructura que mis quejas recorren, soy indiferente a las formas de mis textos y no hago esfuerzo alguno por comprender. Viéndome ignorante y flojo para sistematizar hasta mis acciones más básicas, improviso.

Arropado hasta la cabeza e inmerso en sentimientos que hoy eran lluvias de flechas que caen y suben al unísono, y dándome como fondo musical el molesto sonido de una puerta de lata cerrándose de golpe, emprendí ruta como buenamente y a diario lo hacía, apaciguando en el camino las aguas mentales y encontrando profunda belleza en la sencillez de lo cotidiano. Mientras desbarataba en mi palma el fruto controversial, analítico comparè la helada de San Juan con el despiadado frío de las costas chalacas y casi reí. Llevaba aquí poco más de tres meses y en el transcurso de estos, un cálido palpito alumbró de la nada entregándome de golpe a recónditas interrogantes, por muchas semanas en mí rebotaba la sensación de bienestar del que refiero con tanto énfasis y dedicación, quizá como nada antes escrito. Decido así poner pleno amor al intento de describir lo que aquello me hizo sentir, dudoso de mí mismo por el plan atrevido de sintetizar especial latido. Resonaba todo el tiempo una explicación en mi cabeza, hasta que en días posteriores aquello esclareció al recibir la noticia. Jamas halle en un presentimiento tanta luz, eso que desconozco acaricio mi alma.

Nunca me vi tan ansioso como lo estaba ya por irme y empaparme de otras gentes, entender otros cielos, saberme hundido entre tormentas distintas a las de mi sociedad. Fue un arrebato de pasión aquella noticia y me vi allá, ordenando inevitablemente mi vida social. Me animaba, sobre toda razón que tengo por irme, la idea de conocer tantas culturas arrumadas en un solo terreno, las ganas de querer socializar me sorprendía un tanto. Tengo la ilusión latente y no siempre puedo dormir, confieso.

La flor de la vida está en mis manos! susurraba para mí acuñandola a mi pipa. La flor de la vida está entre mis dedos y poso mi boca sobre ella! repetía como recitándole a la alegría y el vapor del fruto al viento. Debo reconocer que no tenía una perspectiva fría al caminar embriagado, pues por mi pupila también el arte miraba, la belleza traspasaba mis ojos desde minúsculos rincones del parque Villalobos, era felicidad plena y compleja pal cuerdo, aquella mueca que no se iba declaraba la satisfacción de encontrarme lejano del tiempo y contemplar calmo la armonía, alejado de cualquier malintencionado deseo de reafirmar mi individualidad. El silencio de estas calles y la intimidad que da la temporada refresca mi eterno mediodía abrasador.

La lluvia me impresiona intensamente como si recién la descubriera, ha estas alturas estoy pensando en todo y nada me es ajeno, todo tiene razón de ser y los patrones son más claros. El perro que menea su cola me hace saber que hay paz en mi y me regala el privilegio de su compañía, y escolta mis pasos, y yo lo escolto a él, nos miramos cómplices y el vaivén de su cola me acaricia. La lluvia me da directo en la cara y puedo verla cortar el viento como agujas. El sonido delicado de las gotas que se desprenden del tejado romantizan el camino, ver los faros de la calle reflejado en el charco me sabe a poema. Me es placentero incluso el chasquido del encendedor. Como haciendo una alegoría a mi infancia y ya con la visión escarlata voy frotando, mientras ando, mis dedos en las plantas mojadas y me brota algo más grande que una sonrisa. Como emulando un papel, escribía el invierno y el desolado sobre esas calles y San Juan resonaba en mi corazón. Pronto se han de convertir en calles nostálgicas.

La plazuela está inhabitable, todo brilla por la humedad, es otro regalo de la estación. Quería fotografiarlo todo, quería fotografiar esos columpios con las cadenas maltrechas que la luz sepia de los faroles le adornaban con aire solitario; ahí estaban los incontrolables pensamientos, creando drama y buscando melancolía donde no hay. Hoy se quien soy mañana no se. Frente a mí se extendía como una alfombra la sonrisa de la vida que solo se revelaba en la intimidad de la reflexión, ahora en los pasajes de San Juan de Miraflores se mostraba para contemplarla distante y sin intención, plena contemplación desinteresada. La sensación me recordó el instante en que perdí la mirada en una estrella fugaz allá en alguna comunidad de la selva alta, y como se pensaba en Grecia, podría haber sido un pedazo de mi alma rondando cerca.

 La nueva nación nuevamente volvía a la cabeza y aunque era precipitado planear la aventura que quizá no vendría por fuerza que no puedo controlar, lo hacía igual siendo fiel al presentimiento cálido que viví.
¿Quien esconde amor por mí detrás del orgullo? hoy es cuando deberías untarlo en mi rostro porque no hay después. ¿Cuanto dura el bonito recuerdo de una mentira? no dura lo que nunca fue, hablo con la potestad que la ingenuidad me otorga. Es el viaje más largo que daré donde el retorno escapa aún de mi visión. No se que me emocionaba más, la tumba de Poe en Baltimore, ó el giro radical que sufriría mi vida. El reloj de arena ya descontaba las horas, estaba hambriento por irme, eran esos días de euforia en su pico más alto, yo estaba ardiendo de ilusión, mis ojos grana así lo reflejaban. Doblé la esquina soltando la bocanada de humo mas grande que había salido de mí y el aire lo repartió en un soplo. Regresé a casa haciendo música con mi tos exagerada, el estruendo de la puerta finalizó mi noche sonando esta vez como el Gong que anuncia a los dioses.













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